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Madame Bovary o el rapto de la conciencia

Dice Jorge Bustos en este artículo que Flaubert es el sumo sacerdote de la novela francesa, el inventor de la novela moderna y hasta del cine, llega a afirmar. Exageraciones o no al margen, convendría advertir al alumno de Literatura Universal y lector de Flaubert desprevenido de los efectos secundarios que puede provocarle este libro.

No obstante, puede que si se deja llevar del todo por la lectura de Madame Bovary experimente de pronto esa especie de rapto imperceptible de la conciencia que consiguen solo algunas novelas, y son muy pocas las que en el mundo han sido. El lector se esfuma inadvertidamente de este mundo y es teletransportado a otra realidad, la realidad de la ficción, que no por ser ficción es menos realidad. Sí, por paradójico que pueda parecer. Asistimos a las andanzas de Emma Bovary, vivimos sus anhelos, dudas, deseos, padecimientos, fracasos y euforias tan de cerca que pareciera que hasta la podemos oler, sentir su respiración. Vargas Llosa hablaba de ella como del recuerdo vívido de una antigua amante en su ensayo La orgía perpetua (de lectura recomendada).

Y es que quizá ese constituye uno de las principales méritos de Flaubert, el de haber creado un mundo de ficción tan real que cuesta creer que no quede rastro alguno de la mano de su autor; leemos imágenes y vemos ideas, las podemos tocar porque él las ha creado tangibles para la eternidad, pero desaparece como un escapista profesional en un truco genial. Madame Bovary es un verdadero microcosmos creado de la nada, un universo tan inabarcable y complejo como el del interior de cada ser humano, plagado de puntos ciegos y haces de luz, agujeros de gusano y galaxias insondables, pero al mismo tiempo cerrado en mismo. Un mundo poblado de personajes que se nos antojan personas de carne y hueso, y en el centro de todos ellos, solo un centro de gravedad en torno al cual gira todo, Emma Bovary y tú, estimado lector.

Jorge Bustos: Flaubert o la agonía del estilista

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